Ella vino al mundo el 4 de mayo de 1947, como Louise Vava Lucia Henriette Le Bailly de la Falaise, pero en el momento en que lo dejó, lo hizo como lulúel nombre con el que creció y se dio a conocer en la industria a la que se dedicó en cuerpo y alma.

Sucedió en noviembre de 2011. Fue entonces cuando dejó este mundo para encontrarse con su maestro de ceremonias, el diseñador Yves Saint Laurent. Permanece en la memoria del otro -y su nombre no puede pronunciarse sin estar ligado al de su mentor- pero su poder se desata cuando decide cambiar su predestinada burguesía (hija de un conde francés y de una modelo británica) por una fuente inagotable de inspiración para las expertas en costura. A sí se convirtió en un torbellino creativo de delgadez extrema, altura infinita, una sonrisa eterna y una voz ronca de fumador snob y cigarrillo incombustible entre los dedos.

Casi siempre ataviada con los tejidos que componen los trajes masculinos, Loulou de la Falaise llega a los talleres de Yves Saint Laurent a las nueve de la mañana. Lo hizo con el único fin de salir de allí dejando mesas y mentes patas arriba. Porque eso es lo que hacía todos los días: crear revolucionando lo establecido.

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